Vino la luna colgada del lino, danzando entre micro arterias que pululaban en su jarabe de romance. Se encontraba activa y un poco nauseabunda, de charlas políticas que le llevaban a vomitar mil verdades, sabiduría que ella le incitaba a lucir, pero cuando digo ella, me refiero a la tercera en cuestión, ese anónimo diamante en bruto que revolucionaba frenéticamente los sesos de las micro arterias,siempre tan regio el anonimato, tan destellante y fino pero sin ser alguien preciso.
Entonces se trataba de sensaciones rosadas que llegaban a blancas y hasta que tranquilas y fresas, situaciones donde se dialogaban de a muchos y se disfrutaban de a uno, silencios, perfectos, contextos para el arte y el cielo. Todo eso lo sentía, le corría y hasta caricias le daría.
Pero lo que él no percibía es que algunas arterias estaban allí sentadas, en ese riquísimo trono de calidez, creado por el, rodeando su alrededor, casi sin darse cuenta; y se sentían de alguna manera custodiadas las venas por esa pasión tan vieja y vivaz. Sentadas, escribiendo, del rostro hacia el brazo, del brazo a la hoja, de la hoja a la mesa, una mesa en un garaje.