17 diciembre, 2012


Si me vuelvo su salto es alto y alejado, es que a estas criaturas no les agrada que detalles su nítida pupila, perciben que haz notado la harta frecuencia en la que la fijan sobre tus imperfecciones faciales. Casi como despedazándote el sereno rasgo, y en silencio te escarban. Pasado ya un tiempo, el juego de brinquitos se amortigua, se vuelve menos viscoso. Entonces si tienen que esconderse, porque de nuevo los has sorprendido; comienzan a caminar pesado como si ya no interesara el escondite, sino la huida. Incluso cuando uno no esta pensando, pueden desplazar sus parpados un poquito, entre algún obstáculo, engañar con rapidez y completar su extraña tarea, observar. Cuando por fin han logrado adentrarse entre las líneas de tu piel, analizan cual pudiera ser su mayor entretenimiento, pero seguramente este será un proceso largo. Finalmente, sin más remedios uno se deja jugar y va sintiendo las decisiones de ese macanudo par, que va quitándote los velos, y tirándolos al aire, mientras se pregunta “¿lo quiero? ¿no lo quiero?”. Cuando te has dado la vuelta ya eres una margarita eterna, y tus pétalos ya no son tuyos.

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