Si
me vuelvo su salto es alto y alejado, es que a estas criaturas no les agrada
que detalles su nítida pupila, perciben que haz notado la harta frecuencia en
la que la fijan sobre tus imperfecciones faciales. Casi como despedazándote el
sereno rasgo, y en silencio te escarban. Pasado ya un tiempo, el juego de
brinquitos se amortigua, se vuelve menos viscoso. Entonces si tienen que
esconderse, porque de nuevo los has sorprendido; comienzan a caminar pesado
como si ya no interesara el escondite, sino la huida. Incluso cuando uno no
esta pensando, pueden desplazar sus parpados un poquito, entre algún obstáculo,
engañar con rapidez y completar su extraña tarea, observar. Cuando por fin han
logrado adentrarse entre las líneas de tu piel, analizan cual pudiera ser su
mayor entretenimiento, pero seguramente este será un proceso largo. Finalmente,
sin más remedios uno se deja jugar y va sintiendo las decisiones de ese
macanudo par, que va quitándote los velos, y tirándolos al aire, mientras se
pregunta “¿lo quiero? ¿no lo quiero?”. Cuando te has dado la vuelta ya eres una
margarita eterna, y tus pétalos ya no son tuyos.
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